Es complejo describir los miles de procesos que pasan por nuestra mente en la etapa de la madurez. Somos como sobrevivientes de miles de micro-guerras contra el destino y contra nuestros propios demonios. Hay veces que parecemos poseídos por nuestros propios fantasmas. Sin embargo, es para mí una de las mejores etapas de mi vida porque es una etapa de reencuentros íntimos con facetas de mí que había olvidado o simplemente dejado a un costado del camino.

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Cuanto más hablo con gente que está transitando la cercanía o ya lejanía de los 50, más parecería que se trata de la edad de carencias. Los relatos parecen dinamitados por aquellas cosas que ya no están, como si fuera necesaria la reconstrucción de un crimen que nadie cometió. Me pregunto si el crimen no es olvidarse de soñar, de proyectar, de desear. Me pregunto si el hecho de olvidarse de tan nobles emociones, no es lo que echa el cerrojo al deseo por el deseo mismo.

Los hombres parecen en una lucha constante contra su desempeño sexual compitiendo con el que fueron a los 20. Las mujeres parecen en una lucha constante contra la muerte del deseo porque alguien les dijo que con la madurez se va el deseo. Una comedia trágica de arquetipos instalados por una cultura que no visualiza la madurez como una etapa de sabiduría y templanza. Será por eso que hay gente que construye muros a su alrededor y se engaña con que es mejor una soledad sin sobresaltos que una relación impredecible.

Es cierto, iniciar una relación con alguien siempre conlleva un grado de incertidumbre porque existe alguien más cuyos sentimientos no podemos controlar. En la ecuación de las relaciones amorosas sólo tenemos la mitad del control de las situaciones que se suscitan. Hay otro/a que tiene modelos mentales diferentes a los nuestros y que puede ver la misma situación de manera radicalmente distinta. Esos filtros mentales son el material emocional sobre el que quizás tendríamos que trabajar para evitar vivir la madurez como la edad de las carencias.

Las personas que transitamos la madurez tenemos la riqueza de lo vivido y como dice una canción somos una amalgama perfecta entre experiencia y juventud. Sin embargo, cuando nos quedamos estáticos por miedo a sufrir, nos convertimos en paladines de una justicia injusta porque una enorme pila de malos entendidos sobre nosotros mismos parecen acumularse en nuestra mente. Nos relatamos que la felicidad es el aburrimiento de lo seguro de por vida, como si pudiéramos mantener inmutables nuestros sentimientos.

Les propongo algo diferente: aprendamos a capitalizar lo bueno para traer a nuestra vida lo mejor de esta etapa, tengamos la templanza de saber esperar un momento mágico y sepamos aguardar el momento oportuno para decir ciertas cosas. Mandemos al recreo la ansiedad para evitar el boicot a ese vínculo incipiente y por sobre todo, confiemos en que las historias de amor se tejen de a dos.

Pongamos atención en escuchar en lugar de relatar aquellas cosas del pasado que ya no podemos cambiar. Hablemos del hoy y de aquel mañana que proyectamos. Aquel mañana que guarda la esperanza de encontrar a alguien que nos quiera como somos, que nos mire con ensoñación y nos deslice suavemente una caricia sobre la mejilla.

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Ya lo se, en el imaginario colectivo la madurez tiene verdades absolutas como: ya estamos grandes para…, ya no somos niños…, ya sabemos lo que queremos… Me pregunto cuál es la necesidad de ganar inflexibilidad en los saberes que nuestra mente alberga. Se me hace incompatible la inflexibilidad con encontrar la felicidad… creo que la aventura de ser feliz de a dos requiere de ser un/a buen equilibrista.

Quizás deberíamos probar con quitarle dramatismo a las cosas para alcanzar esa agradable sensación de alivio que siempre nos inunda al quitarnos un peso de encima. Wayne Dyer en el libro Tus zonas erróneas decía que la realidad es mucho menos tremenda de lo que imaginamos. Dicho en otras palabras, cuando nos enfrentamos a un hecho que nos llena de desasosiego, lo que imaginamos siempre es peor de lo que termina ocurriendo. Por eso cuando entro en estados de ansiedad trato de recrear en mi mente el mejor y el peor escenario posible. En el momento en que imagino el peor escenario posible, analizo los pro y los contras de esa situación e invariablemente caigo en la cuenta que tendré alguna manera de sobrellevar la situación.

Hay una cantidad considerable de gente que pareciera estar atascada en sus propios fantasmas sobre lo que no quieren más en su vida y al poner tanta energía en quitar eso del camino, terminan trayendo a sus vidas esos fantasmas una y otra vez. Es como un ovillo que se enreda en su propio origen, quizás si no pusieran tanta atención en lo que no quieren, podrían hallar lo que sí quieren para sus vidas. En fin como dice la canción hay que poner vida a los años para encontrar la pasión que nos haga volver a sentir mariposas en la panza. Que no es posible? Claro que es posible, el límite sólo está en nuestra mente.

Permitir enamorarse en la madurez es un acto de amor para con nosotros/as mismos/as porque nos regala un tamiz de optimismo que nos rejuvenece el espíritu. Será por eso que amar a alguien, requiere de tiempo y dedicación. A la una, a la dos, a las tres! Cerremos los ojos e imaginemos cuál sería para nosotros/as la cita perfecta, respiremos hondo y sintamos el olor del encanto de la seducción. Agreguemos un post-it en nuestra mente de por qué no? y saltemos a la aventura de dejarnos amar, así de imperfectos como nos dimos cuenta que somos en la madurez.

Mecha

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