Existen vínculos que parecen producto de la alquimia, vínculos encantados que recorren conexiones invisibles como autopistas que hacen sencillo hasta lo más complejo del sentir en otro. Cuando nos referimos a esas personas decimos que tenemos una relación sana, como si las otras relaciones de nuestra vida estuvieran desviadas o enfermas de una enfermedad sin diagnóstico. Ese tipo de relaciones con una pareja parecieran el cáliz del fuego de Harry Potter: un premio tras el cual siempre hay que correr a descubrirlo para obtenerlo, sin apuro pero con prisa.

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La realidad es que, a lo largo de la vida, hay pocas personas con la cuales podemos sincronizar nuestros pensamientos de manera autómata: sin esfuerzo, como si tuviéramos el don de leer su mente cuando las tenemos frente a nosotras/os. Una pareja con la cual nos sumergimos en una mirada profunda porque nos deleitamos al mirarnos y con la cual suelen sobrar palabras de otras conversaciones porque son interpretadas antes de decirlas. Entonces nos sentamos en el umbral de la vida con una mano abierta en la frente como tomando consciencia y suspiramos susurrándonos: uff! cuánto tiempo hace que no me resultaba tan fácil dialogar, hacer, sentir!. Miramos a los lados para chequear que nadie nos escuchó y nos levantamos a continuar en ese fluir de emociones que nos desbordan la piel.

Son vínculos que rompen nuestros propios paradigmas y que, poco a poco, se convierten en un puerto seguro de nuestra existencia en lugar de un ancla. Ese lugar al cual elegimos volver contra toda lógica o recomendación, simplemente porque ese/a otro/a nos hace sentir plenos. Son vínculos en los cuales podemos poner la mente en blanco y saber que nada, absolutamente nada, perturbará la paz de compartir porque los dos estamos ahí en todos los planos de nuestra existencia.

Son vínculos encantados porque nos devuelven la magia de sentirnos amada/os, queridas/os, cuidadas/os con la generosidad de no pedir nada a cambio. Existen sólo para sanarnos por dentro y recordarnos que amar es espontáneo, fácil, es sentir ese piel contra piel del cual nunca quisiéramos partir. Algunos/as se alarmarían pensando que tales vínculos son un peligro para el corazón porque son amores sin apego, sin necesidad de ser atrapados en la trampa de etiquetas inútiles. Son amores que existen sólo porque están allí para vivirlos y ya, sin explicación, sin preconceptos, sin visiones futuristas: amar profundamente, sentir plenamente, entregar nuestra alma por el tiempo que podamos. Ese es el desafío.

Y cuando hablo de apego no me refiero a falta de compromiso, me refiero a vivir el amor como una construcción donde dar el otro, pensar en el bienestar del otro, sentir al otro está primero. El amar sin apego tiene la recompensa de la generosidad, de la confianza que sea lo que sea que se elija, va a ser auténtico porque no se comparte para obtener algo a cambio, se comparte por el simple hecho de sentirse feliz. Toco mis manos para intentar explicar lo que me producen en mí estos vínculos que, tan solo un par de veces en la vida he logrado establecer. Pongo mi mirada en modo ensoñación y suspiro queriendo volver a esos momentos compartidos entonces me olvido lo que iba a decir, ja!

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Cuando se ama a alguien sin intentar atraparlo en una etiqueta o en una relación, la alquimia resuelve el acertijo de que el otro venga a buscarnos sin que nosotros/as se lo pidamos, viene porque así lo desea, viene porque quiere compartir más de esa plenitud que intentamos darle y eso es maravilloso. Lo difícil es, ante tanta felicidad, resistir la tentación de encerrarla en un frasco etiquetado porque de ser así seguramente esas ganas irrefrenables de acariciar, de mirar, de tocar y de sentir se irían extinguiendo con el transcurso del tiempo.

Y cuando hablo de no intentar atrapar, hablo de esperar los tiempos del otro, saber entender que a esta edad todos llegamos con nuestros fantasmas y si de verdad queremos a alguien en nuestra vida, quizás sería más sabio compartir lo que entre los dos pueden, en vez de no compartir nada. Ir despreocupadamente por la calle del vivir sin perturbarse por lo que vendrá, confiar en que el Universo tiene preparado para nosotros/as un aprendizaje del cual quizás hoy no vislumbremos nada. Confiar porque nos sale hacerlo.

Vínculos encantados: un título que me hipnotizó porque para mí son aquellos vínculos que me despiertan pasión y ternura a la vez. Alguna vez temí involucrarme con hombres que me generen esta mezcla de emociones porque temí que me robaran el corazón y se lo llevaran a un desierto del cual no pudiera volver. Pensé mucho al respecto: pensé, pensé y pensé para llegar a la conclusión de que no importa adónde termine mi corazón, una historia de amor pasional, cariñoso, sincero tiene la autenticidad justa para que toda mi alquimia muestre su esplendor. Y así refulgiendo, mis heridas parecen bajo un hechizo mágico que ese amor las cicatriza para rejuvenecer mi espíritu.

Acaso será el elixir perfecto de juventud un amor fruto de un vínculo encantando? Mi cabeza da vueltas en círculos alrededor de la idea que después de volver del desamor, del divorcio o de lo que pensamos una traición amorosa estaría genial que nos animemos a: un amor sin apego, un amor generoso, un amor sensacional que nos despierte hasta la última célula vida de nuestro cuerpo.

Piénselo, vale la pena ser vivido!

Mecha

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