Desde hace varios días que tengo ganas de jugar con mi amor, resulta que lo invité a jugar y no ha podido darse un respiro de sus obligaciones. Hasta anoche no me escribió, sospecho que porque pensó que me habría enojado y no querría lidiar con eso. La verdad, es que me lo estuve pensando, jajaja! Y entonces recordé dos cosas que tengo claro en mi mente como dos gotas de agua: el lugar que quiero ocupar en la vida de ese otro que me tiene suspirando a cada rato y lo que quiero representar para él.

jugar

Cuando estaba tratando de decidir entre perder la paciencia y no, se me vino la idea loca idea que él no está pudiendo salir a jugar como cuando éramos chicos e íbamos a buscar a un/a amigo/a y nos decía que teníamos que esperar a que terminara de hacer los deberes. Fue justo allí cuando recordé que no me enojaba, si no que mansamente lo/a esperaba hasta que podía salir a jugar. No dejaba de ser su amiga porque ese día que yo tenía ganas de jugar, no pudiera o no tuviera ganas. Entonces me pregunté por qué me enojaría y haría un desplante porque ese otro no tuviera ganas o no pudiera salir a jugar conmigo cuando yo tengo ganas de hacerlo. Recordé que tampoco le pedía al otro que se hiciera cargo de mi aburrimiento en la espera.

Recordé que nunca me funcionó jugar bajo presión, esos grupos que se armaban donde había una mandona que decía jugamos a ladrones y policías, si no querés no juegues. Sentí que si me enojaba porque el otro no me invitaba a jugar cuando yo tengo ganas, me convertía como un hechizo en esa mandona odiosa que le importaba un comino cómo yo me sintiera. Reflexioné sobre ese lugar mágico que quiero ocupar en su vida, un lugar al cual siempre volver, como cuando llegábamos del colegio y salíamos corriendo a buscar a alguien con quien jugar. Ese lugar al cual todos nos queremos transportar cuando asediados por nuestros deberes, paramos y nos decimos: ahora relax.

Decidí que amar en la madurez es para mí intentar amar con inteligencia, una vez lo invito a jugar y no puede, dos veces lo invito y no se da espacio, la tercera me siento en el banco de una plaza imaginada a esperar que le vengan ganas de jugar y me venga a buscar. Después de todo una joyita como yo, una mujer que ha dejado en el armario de ayer los insensatos reclamos sin sentido, no se encuentra todos los días. jajaja! Tarde o temprano, intuyo que lo compartido tendrá su propia fuerza y no podrá resistir la magia de volver a jugar.

Nuestra mente asocia ideas a cosas o personas, hace una representación, por eso para ese hombre que ilumina mi mirada quiero que mi nombre, mi recuerdo encienda en él esa emoción que se me despertaba cuando me invitaban a jugar a algo que me gustaba mucho. Dirán pero qué mujer ambiciosa!, qué poco realista! ahora hay que conformarse con lo que se encuentre. La verdad es que nunca serví para rendirme, así que aunque se que es difícil volver a encontrar el amor, sentir en los huesos los pensamientos impregnados de ese abrazo acogedor que nos dieron, yo tengo fe.

Y en la vida hay cosas que son una cuestión de fe. Volver a creer en encontrar el amor en la madurez es una de ellas. Encontrar en la seducción, en el mimo, en la caricia ese espacio lúdico que sentíamos en la adolescencia porque esas emociones nos hacen sentir vivos, nos rejuvenecen por dentro es uno de los mayores desafíos que me he autoimpuesto.

No prometo que nunca me enojaré pero a esta altura de la vida no me podría enojar por lo que no le surge espontáneamente al otro compartir o hacer o decir. Las cosas deben fluir y si cuando nos vemos la pasamos genial, hay que pensar que quizás una esté en un momento en que pueda caminar más ligeramente que el otro. Está en nosotros elegir esperarlo o dejarlo atrás.

Tindera