Vivimos nuestras vidas fantaseando tener una locura aceptable al llegar a una cierta edad donde hay más obligaciones que espacios lúdicos. A los 20 años tenía terror a la locura, era un miedo que me calaba los huesos por eso me resistí muchos años a ir a un/a psicólogo/a para hablar de aquellos conflictos internos que nublaban mi felicidad. Cómo iba a aceptar ayuda? Yo debía poder con mis problemas sola, con valentía y con eso debía bastar.

soledad

Como decía el aviador en el libro Ilusiones de Richard Bach: “De modo que lo único que te queda en el mundo es el hastío…no tienes margen para la aventura cuando sabes que nada de lo que suceda en el mundo te puede afectar. ¡Tu único problema es la falta de problemas!”. Aquel libro me hizo cuestionarme si quería vivir una vida anestesiada (como si fuera una película) o quería vencer mis miedos y vivir como protagonista de mi propia historia. Me ayudó a aceptar que los problemas son parte de la vida cotidiana y que fantasear una vida sin ellos, es irreal.

En una de las crisis existenciales más importantes de mi vida, llegué a cuestionarme absolutamente todas mis creencias internas sobre la búsqueda de la felicidad y los caminos que me llevarían a ella. Fue un antes y un después porque aprendí que no existe un estado de felicidad permanente, aprendí que la felicidad es como una casa de lego, se compone de muchos pequeños sucesos que nos llenan de algarabía.

Después que sobreviví a mi segundo amor, volví a encontrarme con esa mujer libre de espíritu que siempre fui, aprendí que aunque me he perdido miles de veces en el laberinto del destino siempre me vuelvo a encontrar.  Es irónico que cuando dejé que intentar decir todo el tiempo algo inteligente, los demás comenzaron a decirme “qué inteligente!”; cuando dejé de intentar decir algo divertido todo el tiempo, los demás comenzaron a decirme “qué graciosa!” y cuando dejé de preocuparme por si soy bella por fuera, pude dejar florecer mi sonrisa desde el alma y los demás comenzaron a decirme “qué bonita!”.

felicidad

Pareciera que cuando dejé de preocuparme tanto por ser feliz comencé a serlo. Pareciera que la felicidad está relacionada con las expectativas, con eso que pensamos en nuestra mente y cuando no se cumple se convierte en infelicidad y cuando se cumple en felicidad. El resultado de la ecuación se da por la autoridad emocional que le damos al otro para hacernos sentir especiales.

Siempre me ha preocupado que otro llene su vida de mí porque siento que ese sería un amor bulímico, llenarse de momentos compartidos para no dejar fluir la propia soledad, como si tapáramos con las dos manos, una sobre otra, un chorro de agua enorme que tarde o temprano saldrá de todas formas. Esa carencia de sentirnos solos con nosotros mismos, sigue allí aunque nos la pasemos yendo de un lado a otro para no pensar.

¿Acaso nunca se sintieron solos estando en pareja? ¿Y esa soledad no pareciera doble? La soledad es un estado que trasciende el amor que podamos tener en nuestra vida. Sentirse solo es no haber cumplido las expectativas con uno mismo sobre encontrar algo en otro o en su vida. Por eso creo que el amor debe tener algo de nobleza y un silencio se me prende en el corazón al intentar explicar esto. Siento que me hubiera metido en un lío intelectual jajaja! Cuando alguien en verdad me gusta, trato de ser noble porque la nobleza tiene la generosidad de pensar en el otro, guarda la impulsividad para cuidar el vínculo y detiene el mensaje a destiempo o la palabra inoportuna. En este sentido, la nobleza pareciera el paladín del amor.

A mí no me preocupa estar un poco loca, me preocuparía no darme cuenta cuando estoy alienada después de un día agotador de demandas adolescentes o cuando estoy malhumorada a tal punto que me pongo ciclotímica. Sabén por qué? Porque creo fervientemente que la cordura incluye darse cuenta cuando una/o ese día o en ese momento está chiflado y aceptarlo como parte de la realidad.

Y Ustedes Tindereano/as tienen una locura aceptable o remediable? Yo sí! jajaja!

Tindera

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